viernes, 29 de agosto de 2014

¿Qué os hace sentir la música?

Pregunta general: ¿qué os hace sentir la música?
Eres de esos que depende del momento te hace sentir nostálgico, feliz, triste, amoroso, enfadado, dinámico, etc... O eres de esos que siempre les hace sentir a gusto consigo mismos, animándolos en momentos adecuados.. O de los que depende de la canción; o simplemente sois todos a la vez?
Yo se podría decir  soy de los penúltimos, cada canción tiene para mi un único significado, que es el sentimiento o la acción que estaba llevando a cabo en el momento que la oí la primera vez, normalmente esta enlazado con libros, poemas, relatos y cuentos o situaciones o simplemente sentimientos... Por lo cual si la vuelvo a oír  los sentimientos se repiten y da igual si en ese momento estaba feliz o triste o de otra manera, mi cabeza hace que recuerde esas sensaciones, haciendo que me deprima, o me alegre, o me ponga a sonreír como la típica niña en su primer beso... Esa es mi sensación con las canciones... Así que si esta sonando una canción y me pongo nostálgica, ya podréis imaginaros que me ocurre, en ese momento lo mejor es un abrazo, un simple abrazo que me relaje, me tranquilice, y quizás, mi recuerdo de esa canción cambie o quizás no, o me podéis dar una colleja y esperar a que se me pase la idiotez xD ok no lo ultimo no gracias.

Pregunta para todos
¿Qué canción os hace sentiros en las nubes, como si volarais?
Y si no tenéis pues buscadla, pues es una sensación inigualable
:)

martes, 28 de enero de 2014

"Muerte por una mirada"

La sombra envolvía el eco de nuestros pasos haciendo más inmenso el silencio de la catedral. Los seis amábamos lo prohibido desde nuestra infancia, pero ahora iba en serio, los viejos juegos se habían convertido en una siniestra aventura que nos sobrecogía, especialmente a mí, puesto que participaba como iniciado sometiéndome voluntariamente a esa prueba de valor para volver a entrar en el grupo.

         Había pasado ocho largos años en Nueva Orleans, siguiendo a mi padre en sus penosas correrías y trabajos fracasados como músico de jazz. Un tiempo que marcó con cicatrices reales mi vida y la de mi pobre madre, siempre humillados y maltratados por sus interminables arrebatos de cólera, alcohol y cocaína.

         Ahora, sujetando la tibia mano de Julia, avanzaba en la oscuridad con un propósito claro: recuperar mi vida perdida y a mis antiguos compañeros de travesuras ya casi convertidos en hombres y mujeres.

       - Espera, John, tengo miedo.
         - Julia, te dije que esperases con los demás en la taberna. Este juego no va contigo, ya lo sabes, ¿verdad?
         - Pero quiero hacerlo, quiero estar a tu lado, John. Además, ya oíste lo que nos dijeron: alguien tiene que acompañarte para asegurarse de que has cumplido la prueba.
         - Julia, tu mano... estás herida...
         - No es nada, sólo un rasguño. Fue al trepar a la ventana de la sacristía, cuando rompimos el cristal... No, déjalo, no importa -dijo mientras le vendaba los dedos fríos y ensangrentados con mi pañuelo y besaba su frente para tranquilizarla.

Seguimos avanzado. La luz de nuestra linterna iluminaba la bóveda oscura y se filtraba en la gran nave central mientras descendíamos los escalones de mármol del altar mayor.
        
En la taberna se habían quedado los demás: Alex, el guaperas del grupo, ahora emparejado con la pequeña Claudia, antes novia de Jorge, que seguía siendo tan tímido y acobardado como de crío, y siempre estaba a las órdenes del arrogante Javier, el jefe reconocido por todos desde la infancia.

         Julia se había retrasado volviendo sobre sus pasos. La vi en la penumbra encendiendo un cirio que había encontrado olvidado sobre un banco; la llama iluminaba su rostro descubriendo en él expresiones fantasmagóricas, por unos instantes la sentí completamente extraña, desconocida...
         Pensé en lo absurdo de la situación: ¿en qué estúpido juego me había embarcado, qué sentido tenía todo aquello, acaso no había mejores formas de recuperar mis antiguas amistades?
         Se suponía que en principio iba a ser una prueba de valor, una especie de travesura que de algún modo nos recordase las inocentes aventuras que habíamos compartido en el pasado, como si volviésemos a tomar la relación donde la dejamos siendo unos críos.
        
Alex y Javier habían propuesto una noche en el campo, incluso tenían prevista la cueva donde debería entrar y otra serie de anécdotas con las que luego reírnos durante años. Pero aquellos planes se olvidaron cuando hicimos una parada en la Taberna del Temple, que solíamos frecuentar en nuestros paseos por el barrio antiguo.

         Era un mesón algo oscuro pero acogedor, muy adecuado para las confidencias. Las paredes de madera envejecida habían adquirido un color oscuro. Apenas había clientes aquella tarde fría y lluviosa, sólo una pareja discutiendo en murmullos, el camarero de siempre leyendo el Marca y un personaje que entró poco después que nosotros; tenía algo especial, difícil de describir, que hacía sentir cierta repulsión pero a la vez atraía la atención de mi mirada. Una gorra de viejo marino le ensombrecía el gesto y la barba gris cubría casi por completo su rostro seco y arrugado.
        
Creo que aquel extraño viejo nos echó el ojo en cuanto llegó, puede que incluso nos hubiera estado siguiendo. Se las arregló para sentarse en una mesa junto a la nuestra y escuchar nuestra conversación de principio a fin, mientras disimulaba estar borracho. El bocazas de Alex no tuvo mejor idea que invitarle a un trago cuando el tipo nos lo pidió, enseguida acercó su silla y se hizo un hueco entre las dos chicas, que lo miraban con desconfianza.

         - Gracias, chavales... Todavía hay gente amable en este mundo. Por cierto, que no he podido evitar oír lo que estabais hablando.... Ah, la aventura, qué sería la juventud sin aventura... Esas pruebas que decís son para niños pequeños... o para mujeres... -dijo mientras empujaba con su hombro el de Claudia, que al instante alejó su asiento con un gesto de asco.
         - ¿Ah sí? No me diga -repuse- ¿Y a usted qué más le da, si puede saberse?
         - Bueno, chico, no te lo tomes así... es sólo que yo he corrido lo mío y conozco bien lo que es el miedo, el valor y... esas cosas que después de vivirlas te hacen ser un hombre nuevo.
         - ¿Y... acaso tiene algo especial que proponernos? -preguntó Javier.
         - Ya lo creo... -respondió con una cínica sonrisa- Y además muy cerca de aquí, precisamente en la catedral, un lugar inquietante y misterioso, donde por la noche las estatuas respiran intentando despertar a los antiguos reyes muertos... -dijo alargando las palabras con una risa desagradable.

         Jorge se comía las uñas desesperadamente, pero dejó de hacerlo para preguntarle al viejo:
         - No será posible entrar. Seguro que por las noches estará todo bien cerrado. Y aunque se pudiera entrar... hay que contar con el peligro de ser descubiertos, multados... e incluso arrestados. ¡Es una locura!
         - ¡Peligro, locura, riesgo! ¡chico, tú mismo estás definiendo la aventura!
         - ¿Es que sabe usted la forma de entrar? -dijo Alex interesado.
         - Claro, nada más sencillo. Hace varios meses que comenzaron las obras de restauración en la parte trasera, donde la zona románica.
Pues bien, allí entre los andamios hay un ventanuco que da a la sacristía y actualmente no tiene la verja que lo protegía; darán por descontado que siendo tan pequeño y estando tan oculto entre los trastos de la obra, nadie va a reparar en él. Se puede acceder con cierta facilidad siendo muy delgado y subiéndose a los hombros de otra persona... -afirmó mirándome con malicia.
         - Vale, pero quizás al llegar a la sacristía, la puerta que comunica con el templo esté cerrada  -le respondí.
         - ¿Tú no has oído hablar de las llaves maestras, chaval?  Toma, quédate ésta de regalo. Gracias por la copa y buena suerte...

         La dejó sobre la mesa en un pequeño charco de vino, se incorporó calándose aún más la gorra y se alejó hacia la salida con una enorme risotada.
         Nos quedamos pasmados, en silencio, contemplando con los ojos  desorbitados aquella especie de ganzúa oxidada. En aquel instante la decisión estaba tomada, aunque no había sido del todo nuestra.



        
Toda la escena pasaba por mi mente en un parpadeo, mientras miraba fascinado el rostro de Julia a la luz de la vela y sentía como si un ligero, pequeñísimo y casi imperceptible cambio se hubiera producido en ella y sus ojos claros estuviesen a punto de transformarse en pozos tan oscuros y profundos como abismos que me llamasen...
         Entonces se abrió en mí el primer brote del miedo.

         - John... John... ¿pero adónde vas? Espérame, por favor, no me dejes sola.

         La oía susurrar cada vez más lejos mientras la luz de su llama se perdía como una diminuta luciérnaga en la tenebrosa inmensidad del templo.
         Quizás lloraba, no lo recuerdo. Yo avanzaba con seguridad entre los bancos, casi hipnotizado. Algo me dirigía hacia un objetivo desconocido.
         Las imágenes de los santos parecían indicarme desde la penumbra un recorrido a través de grandes y pequeños altares. Creí oír sus cuchicheos, pero tal vez eran simplemente los lejanos sollozos de Julia. En algún momento intenté aplicar la lógica, volver sobre mis pasos e ir a buscarla, pero otra parte de mí me lo impedía: no, no podía volver a mirar sus ojos...

         De pronto, el haz de luz de mi linterna me llevó hasta un viejísimo altar, esculpido en un solo bloque de piedra gris, desgastada por los siglos, donde reposaba una virgen medieval tallada en madera, su manto aún conservaba antiguas pinceladas de un rojo tan oscuro como la sangre reseca. La fui descubriendo desde los delgados y largos dedos de sus pies descalzos, mi mirada iba subiendo hasta llegar a sus manos grandes, desproporcionadas para su tamaño; de la izquierda colgaba una vieja soga de cabos pelados, casi petrificada por el tiempo; en su diestra sostenía un crucifijo de plata oscura con un Cristo sangrante que agonizaba. Era sin duda una pieza independiente de la estatua, pero diseñada para ella, de tal forma que se pudiese sacar de la mano para algunas ceremonias religiosas.
        
Sabía que iba a enfrentarme a su cara aunque, por alguna razón desconocida para mí, retrasaba el momento. El miedo, el miedo, mi mirada ascendiendo por su cuello. El miedo...

         Me hechizó. Tuvo que ser el fuego de aquellos ojos enormes, terriblemente abiertos, que gritaban ahogando mi propia voz. Eran sus ojos, mi miedo, el mismo que estaba siempre en mis sueños: los ojos de mi padre muerto, del padre vivo en mi miedo.
         Horrorizado, sudando hielo, retrocedí sintiendo una mano en mi espalda y sin pensarlo, me abalancé hacia la estatua robando de su mano el crucifijo de punta afilada. Todo fue tan rápido...
         Julia yacía sobre las frías baldosas. La sangre del crucifijo goteaba por mis manos. No era la sangre de Dios, no, era la sangre de quien más amaba e intentó salvarme y yo, sin piedad, la había asesinado, fue mi rostro de locura y de odio lo último que vieron sus ojos.

         No lejos del altar de la virgen tenebrosa, observé poco después un confesionario por cuya puerta abierta asomaba la chaqueta de Julia; deduje que me había seguido y, asustada por mi extraña actitud, se habría refugiado en aquel escondrijo hasta que, temerosa por mi angustia y terror, se había lanzado a socorrerme.

            Solté el arma criminal que cayó al suelo con un ruido sordo que resonó por toda la catedral, chocando en los muros y regresando a mí para recordarme la culpa. ¿Pero era culpa.... aquella seguridad al ver en sus ojos la fría y cruel mirada de mi padre? ¿Era esta catedral la tumba que atrae de nuevo a la vida a los muertos? ¿No era mi deber liberarla de aquel demonio?
        

         Mío es el miedo, pero la culpa es de mi padre que se introdujo en la estatua, que poseyó el alma de Julia, para perseguirme hasta mi muerte.
         Ahora, aterrado, acaricio sus mejillas antes cálidas, que aún conservan su color sonrosado; parece un maniquí, los ojos todavía muestran su última mirada asombrada al recibir la muerte de mi mano.
         Sí, la maté, pero ya qué importa. Era por su bien, para librarla de una posesión fantasmal. Eramos él o yo. Sé que mi padre me habría matado con las manos de Julia.
         Me río, sí, con esta risa rota, mientras la sangre empapa el suelo.
         ¿Qué haré ahora?...Cuando lleguen los demás me felicitarán, pues he dado muerte a la Pesadilla que habitaba esta catedral.
         ¡Soy un héroe! Créeme cuando te lo digo, mi querida Julia, esto es lo mejor, te he salvado, he redimido al mundo, a todo el mundo. Pero... ¿y si los demás no lo comprenden? Eso significaría que estaban de su parte, sí, todos traidores, en mi contra.... Sí, quizá cuando aparezcan... me temerán y yo... yo.... tendré que matarlos a todos...
        
         Javier se sentirá incómodo en la taberna. En realidad, los cuatro estarán ya inquietos, seguro que unos escalofríos de terror les recorren todo el cuerpo obligándoles a volver. Presentirán algo horrible e inesperado pero no pueden ni imaginarlo... Sí, me parece verlos, compartiendo un silencio profundo e incómodo, decidiendo volver a ver qué ocurre, pero ni sus más terribles sospechas pueden acercarse a la realidad.

         ¡Ruido!... Sí, ruido de pasos en la sacristía, pronto abrirán la puerta...
         ¡Rápido!... Tengo que coger el crucifijo.... lo acerco fuertemente a mi pecho y espero, espero hasta que un rayo de luz asome por la rendija de la puerta... mientras entran, de uno en uno, lentamente pero continuo... entran, entran... y ven un cuerpo inmóvil rodeado de un charco de sangre, y a su asesino...
        
         Yo, con los ojos clavados en ellos, como dagas, y el crucifijo manchado de sangre en las manos... Es Claudia la primera en reaccionar, en lanzar un chillido agudo que resuena despertando a los demás de su espanto... Yo les sonrío, con los ojos del miedo abiertos, les sonrío... y Claudia sale corriendo, mientras los otros tres, antes amigos míos, me vigilan para que no escape, pero... ¿por qué voy a hacerlo? ¡Soy un héroe! Un héroe que suelta su carcajada inmensa y ellos, aterrados, dan un paso hacia atrás, sin dejar de mirarme... pero me da igual... ¡Yo río, río, ríoooo! ¡Porque soy feliz, porque soy libre!

         Sigo riendo y gritando: ¡Ya nunca lo veré! mientras la policía me conduce al coche... y me voy alejando de la catedral, la maldita catedral, viendo cómo se pierde para siempre... pero en el camino hay alguien... es ese viejo de la taberna, sonríe... sonríe...

¿Qué diablos le he hecho?