La sombra envolvía el eco de
nuestros pasos haciendo más inmenso el silencio de la catedral. Los seis
amábamos lo prohibido desde nuestra infancia, pero ahora iba en serio, los
viejos juegos se habían convertido en una siniestra aventura que nos
sobrecogía, especialmente a mí, puesto que participaba como iniciado
sometiéndome voluntariamente a esa prueba de valor para volver a entrar en el
grupo.
Había pasado
ocho largos años en Nueva Orleans, siguiendo a mi padre en sus penosas
correrías y trabajos fracasados como músico de jazz. Un tiempo que marcó con
cicatrices reales mi vida y la de mi pobre madre, siempre humillados y
maltratados por sus interminables arrebatos de cólera, alcohol y cocaína.
Ahora,
sujetando la tibia mano de Julia, avanzaba en la oscuridad con un propósito
claro: recuperar mi vida perdida y a mis antiguos compañeros de travesuras ya
casi convertidos en hombres y mujeres.
- Espera, John, tengo miedo.
- Julia, te
dije que esperases con los demás en la taberna. Este juego no va contigo, ya lo
sabes, ¿verdad?
- Pero quiero
hacerlo, quiero estar a tu lado, John. Además, ya oíste lo que nos dijeron:
alguien tiene que acompañarte para asegurarse de que has cumplido la prueba.
- Julia, tu
mano... estás herida...
- No es nada,
sólo un rasguño. Fue al trepar a la ventana de la sacristía, cuando rompimos el
cristal... No, déjalo, no importa -dijo mientras le vendaba los dedos fríos y
ensangrentados con mi pañuelo y besaba su frente para tranquilizarla.
Seguimos avanzado. La luz de
nuestra linterna iluminaba la bóveda oscura y se filtraba en la gran nave
central mientras descendíamos los escalones de mármol del altar mayor.
En la taberna se habían quedado los
demás: Alex, el guaperas del grupo, ahora emparejado con la pequeña Claudia,
antes novia de Jorge, que seguía siendo tan tímido y acobardado como de crío, y
siempre estaba a las órdenes del arrogante Javier, el jefe reconocido por todos
desde la infancia.
Julia se
había retrasado volviendo sobre sus pasos. La vi en la penumbra encendiendo un
cirio que había encontrado olvidado sobre un banco; la llama iluminaba su
rostro descubriendo en él expresiones fantasmagóricas, por unos instantes la
sentí completamente extraña, desconocida...
Pensé en lo
absurdo de la situación: ¿en qué estúpido juego me había embarcado, qué sentido
tenía todo aquello, acaso no había mejores formas de recuperar mis antiguas
amistades?
Se suponía
que en principio iba a ser una prueba de valor, una especie de travesura que de
algún modo nos recordase las inocentes aventuras que habíamos compartido en el
pasado, como si volviésemos a tomar la relación donde la dejamos siendo unos
críos.
Alex y Javier habían propuesto una
noche en el campo, incluso tenían prevista la cueva donde debería entrar y otra
serie de anécdotas con las que luego reírnos durante años. Pero aquellos planes
se olvidaron cuando hicimos una parada en la Taberna del Temple, que solíamos frecuentar en
nuestros paseos por el barrio antiguo.
Era un mesón
algo oscuro pero acogedor, muy adecuado para las confidencias. Las paredes de
madera envejecida habían adquirido un color oscuro. Apenas había clientes
aquella tarde fría y lluviosa, sólo una pareja discutiendo en murmullos, el
camarero de siempre leyendo el Marca y un personaje que entró poco después que
nosotros; tenía algo especial, difícil de describir, que hacía sentir cierta
repulsión pero a la vez atraía la atención de mi mirada. Una gorra de viejo
marino le ensombrecía el gesto y la barba gris cubría casi por completo su rostro
seco y arrugado.
Creo que aquel extraño viejo nos
echó el ojo en cuanto llegó, puede que incluso nos hubiera estado siguiendo. Se
las arregló para sentarse en una mesa junto a la nuestra y escuchar nuestra
conversación de principio a fin, mientras disimulaba estar borracho. El bocazas
de Alex no tuvo mejor idea que invitarle a un trago cuando el tipo nos lo
pidió, enseguida acercó su silla y se hizo un hueco entre las dos chicas, que
lo miraban con desconfianza.
- Gracias,
chavales... Todavía hay gente amable en este mundo. Por cierto, que no he
podido evitar oír lo que estabais hablando.... Ah, la aventura, qué sería la
juventud sin aventura... Esas pruebas que decís son para niños pequeños... o
para mujeres... -dijo mientras empujaba con su hombro el de Claudia, que al
instante alejó su asiento con un gesto de asco.
- ¿Ah sí? No
me diga -repuse- ¿Y a usted qué más le da, si puede saberse?
- Bueno,
chico, no te lo tomes así... es sólo que yo he corrido lo mío y conozco bien lo
que es el miedo, el valor y... esas cosas que después de vivirlas te hacen ser
un hombre nuevo.
- ¿Y... acaso
tiene algo especial que proponernos? -preguntó Javier.
- Ya lo
creo... -respondió con una cínica sonrisa- Y además muy cerca de aquí,
precisamente en la catedral, un lugar inquietante y misterioso, donde por la
noche las estatuas respiran intentando despertar a los antiguos reyes
muertos... -dijo alargando las palabras con una risa desagradable.
Jorge se
comía las uñas desesperadamente, pero dejó de hacerlo para preguntarle al
viejo:
- No será
posible entrar. Seguro que por las noches estará todo bien cerrado. Y aunque se
pudiera entrar... hay que contar con el peligro de ser descubiertos,
multados... e incluso arrestados. ¡Es una locura!
- ¡Peligro,
locura, riesgo! ¡chico, tú mismo estás definiendo la aventura!
- ¿Es que
sabe usted la forma de entrar? -dijo Alex interesado.
- Claro, nada más sencillo. Hace varios meses que
comenzaron las obras de restauración en la parte trasera, donde la zona
románica.
Pues bien, allí entre los andamios
hay un ventanuco que da a la sacristía y actualmente no tiene la verja que lo
protegía; darán por descontado que siendo tan pequeño y estando tan oculto
entre los trastos de la obra, nadie va a reparar en él. Se puede acceder con
cierta facilidad siendo muy delgado y subiéndose a los hombros de otra
persona... -afirmó mirándome con malicia.
- Vale, pero
quizás al llegar a la sacristía, la puerta que comunica con el templo esté
cerrada -le respondí.
- ¿Tú no has
oído hablar de las llaves maestras, chaval?
Toma, quédate ésta de regalo. Gracias por la copa y buena suerte...
La dejó sobre
la mesa en un pequeño charco de vino, se incorporó calándose aún más la gorra y
se alejó hacia la salida con una enorme risotada.
Nos quedamos
pasmados, en silencio, contemplando con los ojos desorbitados aquella especie de ganzúa
oxidada. En aquel instante la decisión estaba tomada, aunque no había sido del
todo nuestra.
Toda la escena pasaba por mi mente
en un parpadeo, mientras miraba fascinado el rostro de Julia a la luz de la
vela y sentía como si un ligero, pequeñísimo y casi imperceptible cambio se
hubiera producido en ella y sus ojos claros estuviesen a punto de transformarse
en pozos tan oscuros y profundos como abismos que me llamasen...
Entonces se
abrió en mí el primer brote del miedo.
- John...
John... ¿pero adónde vas? Espérame, por favor, no me dejes sola.
La oía
susurrar cada vez más lejos mientras la luz de su llama se perdía como una
diminuta luciérnaga en la tenebrosa inmensidad del templo.
Quizás
lloraba, no lo recuerdo. Yo avanzaba con seguridad entre los bancos, casi
hipnotizado. Algo me dirigía hacia un objetivo desconocido.
Las imágenes
de los santos parecían indicarme desde la penumbra un recorrido a través de
grandes y pequeños altares. Creí oír sus cuchicheos, pero tal vez eran
simplemente los lejanos sollozos de Julia. En algún momento intenté aplicar la
lógica, volver sobre mis pasos e ir a buscarla, pero otra parte de mí me lo
impedía: no, no podía volver a mirar sus ojos...
De pronto, el
haz de luz de mi linterna me llevó hasta un viejísimo altar, esculpido en un
solo bloque de piedra gris, desgastada por los siglos, donde reposaba una
virgen medieval tallada en madera, su manto aún conservaba antiguas pinceladas
de un rojo tan oscuro como la sangre reseca. La fui descubriendo desde los
delgados y largos dedos de sus pies descalzos, mi mirada iba subiendo hasta
llegar a sus manos grandes, desproporcionadas para su tamaño; de la izquierda
colgaba una vieja soga de cabos pelados, casi petrificada por el tiempo; en su
diestra sostenía un crucifijo de plata oscura con un Cristo sangrante que
agonizaba. Era sin duda una pieza independiente de la estatua, pero diseñada
para ella, de tal forma que se pudiese sacar de la mano para algunas ceremonias
religiosas.
Sabía que iba a enfrentarme a su
cara aunque, por alguna razón desconocida para mí, retrasaba el momento. El
miedo, el miedo, mi mirada ascendiendo por su cuello. El miedo...
Me hechizó.
Tuvo que ser el fuego de aquellos ojos enormes, terriblemente abiertos, que
gritaban ahogando mi propia voz. Eran sus ojos, mi miedo, el mismo que estaba
siempre en mis sueños: los ojos de mi padre muerto, del padre vivo en mi miedo.
Horrorizado,
sudando hielo, retrocedí sintiendo una mano en mi espalda y sin pensarlo, me
abalancé hacia la estatua robando de su mano el crucifijo de punta afilada.
Todo fue tan rápido...
Julia yacía
sobre las frías baldosas. La sangre del crucifijo goteaba por mis manos. No era
la sangre de Dios, no, era la sangre de quien más amaba e intentó salvarme y
yo, sin piedad, la había asesinado, fue mi rostro de locura y de odio lo último
que vieron sus ojos.
No lejos del
altar de la virgen tenebrosa, observé poco después un confesionario por cuya
puerta abierta asomaba la chaqueta de Julia; deduje que me había seguido y,
asustada por mi extraña actitud, se habría refugiado en aquel escondrijo hasta
que, temerosa por mi angustia y terror, se había lanzado a socorrerme.
Solté el arma criminal que cayó al
suelo con un ruido sordo que resonó por toda la catedral, chocando en los muros
y regresando a mí para recordarme la culpa. ¿Pero era culpa.... aquella
seguridad al ver en sus ojos la fría y cruel mirada de mi padre? ¿Era esta
catedral la tumba que atrae de nuevo a la vida a los muertos? ¿No era mi deber
liberarla de aquel demonio?
Mío es el
miedo, pero la culpa es de mi padre que se introdujo en la estatua, que poseyó
el alma de Julia, para perseguirme hasta mi muerte.
Ahora,
aterrado, acaricio sus mejillas antes cálidas, que aún conservan su color
sonrosado; parece un maniquí, los ojos todavía muestran su última mirada
asombrada al recibir la muerte de mi mano.
Sí, la maté,
pero ya qué importa. Era por su bien, para librarla de una posesión fantasmal.
Eramos él o yo. Sé que mi padre me habría matado con las manos de Julia.
Me río, sí,
con esta risa rota, mientras la sangre empapa el suelo.
¿Qué haré
ahora?...Cuando lleguen los demás me felicitarán, pues he dado muerte a la Pesadilla que habitaba
esta catedral.
¡Soy un
héroe! Créeme cuando te lo digo, mi querida Julia, esto es lo mejor, te he
salvado, he redimido al mundo, a todo el mundo. Pero... ¿y si los demás no lo
comprenden? Eso significaría que estaban de su parte, sí, todos traidores, en
mi contra.... Sí, quizá cuando aparezcan... me temerán y yo... yo.... tendré
que matarlos a todos...
Javier se
sentirá incómodo en la taberna. En realidad, los cuatro estarán ya inquietos,
seguro que unos escalofríos de terror les recorren todo el cuerpo obligándoles
a volver. Presentirán algo horrible e inesperado pero no pueden ni
imaginarlo... Sí, me parece verlos, compartiendo un silencio profundo e
incómodo, decidiendo volver a ver qué ocurre, pero ni sus más terribles
sospechas pueden acercarse a la realidad.
¡Ruido!...
Sí, ruido de pasos en la sacristía, pronto abrirán la puerta...
¡Rápido!...
Tengo que coger el crucifijo.... lo acerco fuertemente a mi pecho y espero,
espero hasta que un rayo de luz asome por la rendija de la puerta... mientras
entran, de uno en uno, lentamente pero continuo... entran, entran... y ven un
cuerpo inmóvil rodeado de un charco de sangre, y a su asesino...
Yo, con los
ojos clavados en ellos, como dagas, y el crucifijo manchado de sangre en las
manos... Es Claudia la primera en reaccionar, en lanzar un chillido agudo que
resuena despertando a los demás de su espanto... Yo les sonrío, con los ojos
del miedo abiertos, les sonrío... y Claudia sale corriendo, mientras los otros
tres, antes amigos míos, me vigilan para que no escape, pero... ¿por qué voy a
hacerlo? ¡Soy un héroe! Un héroe que suelta su carcajada inmensa y ellos,
aterrados, dan un paso hacia atrás, sin dejar de mirarme... pero me da igual...
¡Yo río, río, ríoooo! ¡Porque soy feliz, porque soy libre!
Sigo riendo y
gritando: ¡Ya nunca lo veré! mientras la policía me conduce al coche... y me
voy alejando de la catedral, la maldita catedral, viendo cómo se pierde para
siempre... pero en el camino hay alguien... es ese viejo de la taberna,
sonríe... sonríe...
¿Qué diablos le he hecho?
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